[Fotoreportaje] Las heridas abiertas de Nueva Venecia

En Nueva Venecia, en el corazón de la Ciénaga Grande de Santa Marta, en el municipio de Sitionuevo, aseguran que los niños aprenden a ‘bogar’ canoas apenas logran sostenerse en pie. Esta hipérbole explica claramente la simbiosis que tienen con el agua: en esta consiguen el sustento, se transportan, se comunican y comercian, y allí tienen sus casas.

Pero por agua también llegaron hace 15 años los perpetradores del episodio más violento en sus 168 años de historia. El 22 de noviembre del 2000, entre 60 y 70 hombres de las criminales y autodenominadas Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), llegaron en cinco lanchas y masacraron a 37 personas. Las suponían colaboradoras de la guerrilla del Eln. Para la comunidad esa es la cifra oficial, pues según sus cuentas las víctimas fatales podrían ser unas 70, si se tienen en cuenta los cuerpos que nunca se hallaron porque fueron arrojados a los caños.

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Nueva Venecia o ‘el Morro’, como también se le conoce, es un pueblo palafito ubicado en la Ciénaga de Pajarales, dentro del complejo lagunar más grande de Colombia: la Ciénaga Grande de Santa Marta, que tiene una extensión de 4.900 kilómetros cuadrados entre humedales marinos y costeros. Junto a Buenavista, son los únicos asentamientos en la Región Caribe completamente rodeados de agua, con viviendas de tabla que sobresalen de la superficie al estar apoyadas en estacas de madera. “Mi sobrino, Emilio Manga Mejía, fue el primero en ser asesinado”, recuerda Leovigildo González con una certeza que no permite dudas. Para el hombre de 65 años todavía es difícil rememorar el suceso, sobre todo por la forma tan brutal como se dieron las cosas.

recuerdos

“Emilio salió a pescar en la madrugada, porque a esa hora se cogen mejores pescados y debía regresar al mediodía. En el camino se encontró con los ‘paracos’ (paramilitares) que le dispararon como cuando están cazando un pájaron”, relata el pescador, moviéndose sobre su canoa en el oleaje de la tarde cenagosa. Eso fue antes de las 2 de la mañana, y su cuerpo lo encontraron seis horas después, varado en una orilla dentro de la canoa que había quedado a la deriva. “Me avisaron que lo habían visto y salí de una para allá. No recuerdo haber ‘bogado’ tan rápido en mi vida como ese día”, afirma Leovigildo apretando las manos, como si aún sintiera la quemazón de la vara tosca con la que se impulsaba. Encontró la canoa llena de sangre y a su sobrino con la cabeza partida en dos. “Sentí la sangre coagulada entre los pies. Comencé a recoger los pedacitos de sesos y a metérselos. Le cerré la cabeza y me quité la camisa para amarrársela.

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Luego lo llevé donde su mamá para que lo enterrara”, termina su relato, con el rostro contraído por la rabia y por el esfuerzo para no llorar. La luz del atardecer deja parte de su rostro en la sombra, la oscuridad de un recuerdo que aún se cierne sobre el pueblo.

Historias como la de Leovigildo González se encuentran en cada uno de los más de 300 hogares del asentamiento. A todos les mataron un hijo, un padre, un hermano, un primo, un abuelo, un tío, un sobrino, un nieto o un amigo. Todos tienen un rompecabezas en sus mentes, que han ido armando con el paso de los años para establecer una memoria colectiva que les permita perdonar, pero no olvidar.

desplazamiento

Más de 4.000 personas se desplazaron a otros municipios y ciudades. Algunos se fueron para Ponedera, Soledad y Barranquilla, en Atlántico; otros emigraron a Remolino y Sitio nuevo, en Magdalena. Para este último se fue Guillermina Mejía, aunque solo duró dos meses por fuera de su casa. La mujer de 60 años es menuda (1,60 de estatura) pero corpulenta y recia. Vive en una casa que comparte con una nuera, tres nietos y uno de sus cuatro hijos, de los cuales uno falleció “ese terrible día”, otra ya está casada y la restante vive en el municipio. El espacio está distribuido en dos alcobas, una sala amplia, una cocina y un patio.

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“Me fui a Sitionuevo y no me hallé. No podía estar atenida a que me dieran una miseria para sobrevivir. Estoy acostumbrada a comerme mi desayuno bien bueno, mi almuerzo bien bueno y allá no podía”, expresa Guillermina visiblemente molesta mientras toma un pedazo de lisa y lo corta con energía para echarlo en un humeante caldero de arroz.

Recuerda que para ella todo comenzó a las 2:10 de la madrugada. “Mi hijo, Ever Rodríguez, no durmió aquí esa noche sino donde la mujer. Llegaron allá y me lo mataron. Han pasado 15 años y aún no me quito el luto”, cuenta Guillermina atropellando las palabras.

Por sus mejillas resbalan lágrimas que caen y se funden con el arroz. “Apenas tenía 19 años y dejó a una bebé de un añito”, prosigue. Con el asesinato de Ever también marcaron una fecha importante para ella, su cumpleaños.

Nueva Venecia en fotografías:

Fotografías de: Charlie Cordero

 

 

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